miércoles 18 de noviembre de 2009

treinta

El Hombre que antes recogía cartones y ahora recoge plástico se ha encontrado un diccionario. Anda todo el día leyéndolo y soltando palabras. De aquí para allá, detiene a la gente y les pregunta si saben el significado de esta o aquella palabra.

¡Avestruz!

¡Relleno!

¡Cuadrado!

¡Ternura!  ¡Ternera!

He pasado por su lado para ver qué palabra me repartía.

¡Obliterador!

Le he tenido que preguntar qué significaba.

Luego he pensado que si el diccionario en lugar de habérselo encontrado El hombre que antes recogía cartones y ahora recoge plástico, se lo hubiera encontrado El hombre que no acaba las frases, todos hubiéramos salido ganando. 


 

veintinueve




Hoy he visto una pintada en una pared: CELOFÁN.

Me he hecho fan de esa pintada.

veintiocho

Hoy han pasado varias cosas extrañas:

Carrasco no me mandó ningún mail.

El Señor Patata tenía un cajón con pomelos en su tienda.

Beni me llamó y no puso acento cubano.

Virginia llevaba las gafas de Eduardo.

El policía Durbán llevaba la camisa del uniforme por fuera del pantalón.

En la radio ha sonado cuatro veces seguida la misma canción de Josh Rouse.

veintisiete




Cuando está nublado, El Hombre delgado al que le gustaría apellidarse Stanwick no sale de casa. Tiene miedo de no ser visto. Y ser empujado, derribado, atropellado y triturado. Por ese orden.

lunes 12 de octubre de 2009

veintiseis

Recuerdo, perfectamente, el primer coche que se compró mi padre. Primero y último porque ya no tuvimos más. Era un Seat 127. Un Seat 127 verde metalizado. Recuerdo, también perfectamente, su matrícula. V-7922-X.

También recuerdo la primera vez que mi padre adelantó a otro coche. Para mí y mis hermanos fue una fiesta. Mi padre conducía muy cauteloso y nunca adelantaba. Aquella tarde lo hizo y estallaron los gritos en los asientos de detrás del coche. Cuando llegamos a casa brindamos con agua por ello.

Años después, pintaron el coche y pasó de verde metalizado a blanco.

martes 29 de septiembre de 2009

veinticinco

Hoy he conocido a Calma. Calma es una amiga de la hermana de Carrasco.

Esta tarde he ido a casa de Carrasco a devolverle unas revistas y ella estaba allí. A su lado todo parecía tranquilo, equilibrado, en calma. Me he quedado unos minutos mirándola. Nunca me había relajado tanto. Sus gestos transmitían calma. Su sonrisa transmitía calma. Su voz transmitía calma.

Calma escribe e ilustra cuentos infantiles, pero lo que en realidad le gustaría ser es atleta profesional. Corre los 800 metros lisos.

Hoy seguro que duermo bien.

lunes 28 de septiembre de 2009

veinticuatro

El señor Optium trabaja en el ayuntamiento. Siempre lleva puesto un traje negro, una camisa blanca y una corbata marrón. No importa la temperatura que haga.

El señor Optium mide 1'60, apenas tiene pelo, pero sí bigote. Todas las mañanas coge su maletín oscuro y anda media hora hasta que llega a su trabajo.

El señor Optium es una de las mejores personas del mundo. Nunca tiene una mala palabra. Siempre está dispuesto a ayudar. Y parece que nada le afecte. Ni las prisas ni el calor. Camina moviendo ambos brazos y con una agradable sonrisa.

El señor Optium estuvo enamorado de la mujer cuyo nombre empieza por D y luego no sé cómo sigue. Y creo que aún lo está. Nunca le envió una carta. Nunca hizo nada para que ella se diera cuenta. Prefería vivir con la ilusión del amor que con el fracaso del rechazo. Hay gente que le reprocha su cobardía al señor Optium. Pero si el señor Optium no se mete con nadie, no se queja de nada, ¿por qué no le dejan que sea como quiere?

El señor Optium vive solo. Todas las mañanas madruga para prepararse un pequeño sándwich de almuerzo. Cuando llega a su casa a mediodía se prepara algo ligero para comer. Duerme una pequeña siesta y cuando se despierta, empieza la otra vida del señor Optium.

El señor Optium vive rodeado de libros, discos, películas, fotografías, cómics, dvd's, cintas de casete, hojas y libretas. Colecciona miles de cosas. Por ejemplo, autógrafos de estrellas del Hollywood antiguo que compra por internet. Cuando se despierta de la siesta, se quita su traje, se pone algo de ropa más cómoda y se zambulle en su otra vida. Puede estar horas mirando una fotografía que le gusta. Puede estar diez minutos acariciando el párrafo de una novela que le gustó. Novela. Adora esa palabra. Puede buscar entre sus más de tres mil películas, una de Sergio Leone porque le apetece volver a escuchar un diálogo. Así pasa la tarde, hasta que cerca de las ocho sale a dar una vuelta por el barrio, pasa por la casa de comidas preparadas de la plaza y se compra algo. Se toma un refresco en el bar Bang Bang y se marcha a su casa a cenar.

La gente mira con pena, cuando va por la calle, al señor Optium. Yo le miro con envidia. Es un tipo tremendamente feliz.